domingo, 15 de junio de 2014

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 2/15

Wolfram von Eschenbach (Eschenbach, actual Baviera, 1170 – 1220) fue un caballero y poeta alemán, reconocido como uno de los mayores poetas épicos de su tiempo. Como Minnesinger, también compuso poesía lírica. Nació en una familia noble y perteneció a la corte de Hermann de Turingia. Su máximo logro poético lo obtuvo con la célebre epopeya Parzival, de 25 000 versos rimados, cuyo tema procede del Perceval o el cuento del Grial francés, de Chrétien de Troyes. Eschenbach convirtió el poema en una verdadera epopeya, en la que el héroe asume el sentimiento de culpa propiciado por sus acciones desmedidas, iniciando posteriormente la búsqueda de la gracia mediante un camino de noble penitencia.

 Es éste el trasfondo básico que, ya en el siglo XIX, Wagner recogería para componer su famosa ópera del mismo nombre,Parsifal. Compuso diversas poesías líricas de tradición cortesana, así como dos epopeyas más, ambas inacabadas: Titurel, dedicada al tema de la fidelidad, y Willehalm, sobre el personaje de Guillermo de Aquitania. En su obra se observa gran admiración al conocimiento basado en la experiencia y una crítica a la erudición obtenida sólo a través de la lectura. Este trovador alemán, este Minnesänger, es una pieza clave para encumbrar el mito de Parzival. Fue de los más importantes trovadores de Wartburg y sus obras fueron muy apreciadas. Al parecer, fue un caballero a la manera de Ramón Llull. No se sabe a ciencia cierta cuándo nació, pero se cree que a finales del siglo XII. Su patria natal fue Baviera y Eschenbach su pueblo. Vivió gran parte de su vida en Ansbach. Su pueblo natal recibió hace poco el nombre de Wolframs-Eschenbach en su memoria, y se le erigió un monumento.

Lo más curioso es que Wolfram von Eschenbach no sabía ni leer ni escribir. Al parecer se hacía leer las obras y poseía una prodigiosa memoria. Era una mezcla de caballero medieval, poeta, monje y guerrero, «reunía en su persona elementos caballerescos y populares, laicos y eclesiásticos; tenía por única riqueza el arte que le dio Dios por única fuente de sustento, el canto; respiran sus poemas la fresca atmósfera del bosque y de las montañas». Se supone que concibióParzival a principios del siglo XIII en el castillo de Wartburg —mítica cuna de poetas y trovadores— y lo finalizó en 1215. En este castillo, donde estos maestros cantores, cuyas tres reglas principales, Dios, su señor y la mujer amada, constituían la fuente de su inspiración, Eschenbach compuso su obra. 

Pues él fue el príncipe de los trovadores, junto con Walther von der Vogelweide y Heinrich Tannhäuser. Richard Wagner lo inmortalizó en su obra Tannhäuser, mostrándolo como piadoso y compasivo, caballeresco y máximo exponente de la Renuncia. Algunos han visto en su obra visiones mágicas y lazos esotérico-místicos. Se dice que Parzival revela gran control intelectual, una tendencia cognoscitiva, alquímica y mágica. Eschenbach es un guerrero nato, un guerrero Minnesänger de la guerra esotérica. Eschenbach habla del Grial como una fuente de poder de la que emana riqueza y abundancia sin límites, un objeto tan solemne, que en el Paraíso no hay nada más bello, el todo perfecto donde nada falta y que era al mismo tiempo racimo y flor.


Chrétien de Troyes (1135 –1190) fue un poeta de la corte de Champagne. Se dice que es el primer novelista de Francia y, según algunos, el padre de la novela occidental. Se conoce muy poco sobre su vida. Se supone que nació en Troyes y estudió lenguas clásicas, incluido el griego. Antes de entrar en una orden monástica, se orientó, gracias a su precoz talento o a algún protector de fortuna, a una carrera como clérigo en la Corte de María de Francia, quien le habría encargado algunas obras, y, más tarde, a la de Felipe de Alsacia, conde de Flandes, a quien está dedicado Perceval o el cuento del Grial. Fundamentándose en su nombre Chrétien, algunos creen que era un judío converso, tesis defendida por Philippe Walter. Sus narraciones transparentarían así una inspiración cabalística. Según otros su inspiración deriva del catarismo. Sea como fuere, sus orígenes, sin duda modestos, permanecen oscuros. 

Su fuente de inspiración se encuentra en la tradición celta y en las leyendas bretonas (la llamada matière de Bretagne, en castellano materia de Bretaña). Pero él confiere a estos materiales una dimensión cristiana nueva, fuertemente impregnada por los cantares de gesta en lengua d’oil de la segunda mitad del siglo XII. El secreto de su arte reside en su capacidad de operar, según sus mismas palabras, la buena conjointure, esto es, la alianza sabiamente dosificada entre la forma y el fondo. Considerado como uno de los primeros autores de libros de caballerías, donde mito y folklore se unen admirablemente para formar narraciones de encuesta, restringe el recurso a los elementos sobrenaturales, que él subordina a la descripción refinada de los sentimientos humanos, e incluso a la denuncia de iniquidades o injusticias sociales.

Es uno de los iniciadores de la literatura cortesana en Francia, aunque rinde cuentas al deseo y la sexualidad, al encuentro de los autores que desarrollaron el género tras su muerte. Cinco de sus novelas han llegado hasta nosotros: Érec et Énide,Cligès, Lancelot ou le Chevalier de la charrette, Yvain ou le Chevalier au Lion, Perceval ou le Conte du Graal. Guillaume d’Angleterre, novela que le es a veces atribuida, es de autenticidad dudosa. Lancelot e Yvain aparecen como sus novelas más célebres y complementarias, tanto por su tema como por su factura. Chrétien de Troyes las habría compuesto hacia 1175. En la primera, trata de la oposición moral entre el sentido del honor y la pasión adúltera; en la segunda, de la dificultad de conciliar la aventura caballeresca y el amor conyugal. De forma muy original, las intrigas de estas dos novelas se van entrelazando y el narrador no necesita enviar al lector de una a la otra. Habiendo inspirado a numerosos poetas en toda Europa, Chrétien de Troyes puede ser considerado como uno de los creadores de la novela medieval, sobre todo por la riqueza de sus obras y por la psicología compleja de sus personajes. Su genialidad e inventiva es notable, fue el primer autor en escribir sobre el Grial en una novela. Su larga notoriedad en una Europa medieval, donde los clérigos permanecen muy a menudo anónimos, subraya el valor excepcional de su talento y creatividad. La temática gira alrededor del ciclo bretón o leyenda del Rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda. Es muy probable que haya conocido la Historia de los reyes de Britania, de Godofredo de Monmouth y que la obra le haya servido de fuente de inspiración.


Aunque tradicionalmente se crea que el Grial fue la copa empleada por Jesús antes de ser sacrificado, o incluso el recipiente empleado por José de Arimatea para recoger la sangre del Mesías en la cruz, este objeto no se cita específicamente en ningún pasaje de la Biblia y no comenzará a hablarse de él hasta bien entrado el siglo XII. Graham Hancock, un escritor experto en enigmas históricos, avanzó en 1993 la hipótesis de que aquellas primeras alusiones al Grial de De Troyes y Von Eschembach escondían en realidad una clara referencia al Arca de la Alianza. 

Según explicó Hancock en su ensayo Símbolo y Señal, el hecho de que ambos poetas se refirieran al Grial como una losa podría estar haciendo alusión al contenido sagrado del Arca: las Tablas de la Ley. Hancock, además, encontró abundantes referencias iconográficas al Arca de la Alianza en las primeras catedrales góticas construidas en los alrededores del Condado de Champagne a partir del siglo XII. Capiteles, estatuas y vidrieras de Chartres, Amiens, París o Reims aludían al Arca y a su salida del Templo de Salomón, como si los constructores de estos templos supieran a dónde fue a parar tan codiciada reliquia. ¿Pero quiénes fueron esos constructores? Increíblemente, tampoco sabemos demasiado de ellos. 

Surgen en las tierras del conde Hugo poco después del regreso de los primeros templarios de Jerusalén y manejan técnicas de construcción inusitadas para un tiempo en que la arquitectura se reducía al tosco y monolítico arte románico. Aún así, después del año 1000 Europa vivirá un fervor constructivo sin precedentes: en apenas trescientos años -entre 1000 y 1300- se levantaron “todas las catedrales, monasterios e iglesias mínimamente importantes que hay en Francia“, dice Louis Charpentier en su obra Los misterios templarios. Los números son impresionantes: son 1.108 las abadías construidas a partir de 950, a las que en el siglo siguiente se sumarán 326, y otras 702 durante la centuria posterior.

Esta última expansión coincide, curiosamente, con algunos de los privilegios que se conceden a la Orden, cuando una bula papal de 1163, conocida como Omne Datum Optimun, otorga a los templarios la capacidad de conservar íntegros los botines capturados a los sarracenos, les exime de pagar el diezmo por sus propiedades aunque podrán recibirlo de otros, les facilita tener sus propios capellanes -impidiendo que nadie externo a la Orden controlara sus movimientos- y les permite incluso construir sus propias capillas e iglesias. De hecho, no en vano algunos historiadores creen que tras la financiación y diseño de las primeras catedrales góticas se encontraban los templarios.

 Sólo así se explica la aparición de una técnica constructiva con elementos tan innovadores -a la vez que arabizados- como el arco ojival, o la inclusión de complejos cálculos matemáticos y físicos en la ejecución de unas obras en piedra que parecían desafiar a la gravedad. Pero, de ser cosa de los templarios, ¿de dónde obtuvieron los conocimientos necesarios para ese nuevo modelo de arquitectura? Según Javier Sierra, las Tablas de la Ley no son las primeras piedras inscritas que entrega una antigua divinidad a los humanos. Mucho antes de que Moisés recibiera en el Sinaí tan valioso documento, el dios de la sabiduría egipcio Tothentregó a los hombres unos textos -las “tablas esmeralda“- en los que se contenían “todos los secretos del cielo y la tierra“. Imhotep, el arquitecto que se supone construyó la primera pirámide durante el reinado del faraón Zoser de la III Dinastía, se dice que recibió los planos de su edificio en una de esas tablas.


Es más, la idea de las mismas se helenizó con la llegada de los faraones ptolemáicos al país del Nilo, convirtiendo a Toth enHermes Trismegisto, y acuñando el mito del saber inscrito en piedra de forma tan profunda que hasta el Renacimiento llegarán los buscadores de esas “tablas esmeralda“. No es, por tanto, demasiado osado establecer una relación entre las piedras de Toth y las tablas de Moisés, sobre todo si pensamos que éste último, si hemos de creer lo que dice la Biblia, fue príncipe de Egipto. Además, de esa forma se explicarían las conexiones arquitectónicas, de proporciones matemáticas y hasta de distribución que existen entre algunos templos del Antiguo Egipto y las catedrales de los templarios. Y sigue diciendo Javier Sierra que su investigación en este terreno ya ha arrojado sus primeros resultados. 

La existencia de un “saber religioso” nacido en Egipto y adoptado por los constructores de catedrales se demuestra en los paralelismos existentes entre ciertas imágenes del Libro de los Muertos y la estatuaria de los tímpanos de algunos de estos recintos cristianos. En arquitectura, se denomina tímpano al espacio delimitado entre el dintel y las arquivoltas de la fachada de una iglesia o el arco de una puerta o ventana. También es el espacio cerrado delimitado dentro del frontón en los templos clásicos. Se encuentra en el Antiguo Egipto en la primera mitad del siglo III a.C. Más tarde se encuentra en la arquitectura griega, luego en la cristiana y en la arquitectura islámica. El tímpano se presenta decorado con relieves como ocurre en los templos griegos, donde solía contener escenas mitológicas, o en las iglesias y catedrales del románico y del gótico, en las que solía contener escenas y motivos religiosos.

Según Javier Sierra, en Vézelay o en la catedral de Notre Dame de París, pueden verse en sus tímpanos principales una escena del llamado “Juicio Final” en la que un ángel pesa el alma de los difuntos y decide si condenarlos a ser engullidos por un monstruo con cabeza de cocodrilo o enviarlos al descanso eterno. Pues bien, el “Libro de los Muertos” egipcio -un texto que se cree tiene más de 5.000 años de antigüedad- describe cómo el dios Anubis pesa el alma del faraón en una balanza y decide si salvarlo o condenarlo a ser devorado por una criatura con cabeza de cocodrilo y cuerpo de león. ¿Casualidad? ¿Una improbable coincidencia de conceptos barajada por artistas de tiempos y estilos bien distantes? ¿O tal vez fruto de una transmisión de conocimiento del que los templarios fueron sus últimos depositarios? 

 Los primeros en construir monumentos imitando la disposición de ciertas estrellas fueron los egipcios. Las tres grandes pirámides de la meseta de Gizeh, en El Cairo, imitan la disposición de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Una constelación que para los faraones era la contrapartida celestial del dios Osiris. Los llamados Textos de las Pirámides lo explican: porque esas tres estrellas eran lo que llamaban el Duat, la “puerta celeste” a la que debía dirigirse el alma del faraón muerto antes de entrar al más allá. Ellos creyeron que imitando esa “puerta” en el suelo podían preparar mejor su viaje al Más Allá. Si tomamos las primeras grandes catedrales góticas -Amiens, Chartres, Reims, Bayeaux y Evreux- y las situamos sobre un mapa de Francia, veremos que la figura resultante recuerda la forma de la constelación de Virgo. Quizá eso explique porque todos estos templos se consagraron a la Virgen, pero desde luego parece tener que ver con una idea del templo sagrado que nos remite a época de las pirámides.


Es más, la idea de las mismas se helenizó con la llegada de los faraones ptolemáicos al país del Nilo, convirtiendo a Toth enHermes Trismegisto, y acuñando el mito del saber inscrito en piedra de forma tan profunda que hasta el Renacimiento llegarán los buscadores de esas “tablas esmeralda“. No es, por tanto, demasiado osado establecer una relación entre las piedras de Toth y las tablas de Moisés, sobre todo si pensamos que éste último, si hemos de creer lo que dice la Biblia, fue príncipe de Egipto. Además, de esa forma se explicarían las conexiones arquitectónicas, de proporciones matemáticas y hasta de distribución que existen entre algunos templos del Antiguo Egipto y las catedrales de los templarios. Y sigue diciendo Javier Sierra que su investigación en este terreno ya ha arrojado sus primeros resultados. 

La existencia de un “saber religioso” nacido en Egipto y adoptado por los constructores de catedrales se demuestra en los paralelismos existentes entre ciertas imágenes del Libro de los Muertos y la estatuaria de los tímpanos de algunos de estos recintos cristianos. En arquitectura, se denomina tímpano al espacio delimitado entre el dintel y las arquivoltas de la fachada de una iglesia o el arco de una puerta o ventana. También es el espacio cerrado delimitado dentro del frontón en los templos clásicos. Se encuentra en el Antiguo Egipto en la primera mitad del siglo III a.C. Más tarde se encuentra en la arquitectura griega, luego en la cristiana y en la arquitectura islámica. El tímpano se presenta decorado con relieves como ocurre en los templos griegos, donde solía contener escenas mitológicas, o en las iglesias y catedrales del románico y del gótico, en las que solía contener escenas y motivos religiosos.

Según Javier Sierra, en Vézelay o en la catedral de Notre Dame de París, pueden verse en sus tímpanos principales una escena del llamado “Juicio Final” en la que un ángel pesa el alma de los difuntos y decide si condenarlos a ser engullidos por un monstruo con cabeza de cocodrilo o enviarlos al descanso eterno. Pues bien, el “Libro de los Muertos” egipcio -un texto que se cree tiene más de 5.000 años de antigüedad- describe cómo el dios Anubis pesa el alma del faraón en una balanza y decide si salvarlo o condenarlo a ser devorado por una criatura con cabeza de cocodrilo y cuerpo de león. ¿Casualidad? ¿Una improbable coincidencia de conceptos barajada por artistas de tiempos y estilos bien distantes? ¿O tal vez fruto de una transmisión de conocimiento del que los templarios fueron sus últimos depositarios? 

 Los primeros en construir monumentos imitando la disposición de ciertas estrellas fueron los egipcios. Las tres grandes pirámides de la meseta de Gizeh, en El Cairo, imitan la disposición de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Una constelación que para los faraones era la contrapartida celestial del dios Osiris. Los llamados Textos de las Pirámides lo explican: porque esas tres estrellas eran lo que llamaban el Duat, la “puerta celeste” a la que debía dirigirse el alma del faraón muerto antes de entrar al más allá. Ellos creyeron que imitando esa “puerta” en el suelo podían preparar mejor su viaje al Más Allá. Si tomamos las primeras grandes catedrales góticas -Amiens, Chartres, Reims, Bayeaux y Evreux- y las situamos sobre un mapa de Francia, veremos que la figura resultante recuerda la forma de la constelación de Virgo. Quizá eso explique porque todos estos templos se consagraron a la Virgen, pero desde luego parece tener que ver con una idea del templo sagrado que nos remite a época de las pirámides.


Ciertos grupos musulmanes, como los yezidís, construyeron en Irak templos imitando la forma de la Osa Mayor. En Angkor Wat, Camboya, el conjunto de templos del lugar parece que pretendió imitar la constelación del dragón. Es decir, fue una idea que se extendió por África, Asia y Europa pero que nadie hasta hoy parece haber “visto“. Ha sido necesario que arqueólogos y astrónomos amateurs se dieran cuenta de esas similitudes para que otros comenzaran a estudiarlas. La antigua religión egipcia y el cristianismo no tienen tantas divergencias como parece. Ya San Agustín decía que los egipcios eran el pueblo que más fe tenía en la resurrección de la carne, como lo demuestran sus momias. Hasta ambos credos tienen sus propias cruces como símbolo de vida o renacimiento. Por no hablar de que el propio dios Osiris volvió a la vida tres días después de ser sacrificado por culpa de alguien de confianza. 

En Tierra Santa los templarios no sólo encuentran al infiel contra el que combatir, sino un marco adecuado para entrar en contacto con las doctrinas y fi­losofías propias de las civiliza­ciones de Asia Menor y Oriente. Así ocurre, en efecto, a decir de muchos autores, que suponen a los caballeros del Temple un conocimiento y una hermandad deliberada con sufíes y más tar­de cabalistas e incluso ashashins. Esta teoría, que se basa en un sincretismo entre las religio­nes monoteístas fundamenta­les y sus respectivas tradiciones esotéricas —en las que coincide el fondo—, hace sospechar a muchos, que los acusan de haberse contaminado, de seguir conduc­tas permisivas con la religión de los infieles, precisamente con todo lo que están llamados a erradicar. Estas sospechas to­marán cuerpo de nuevo y con más fuerza durante el proceso de 1307, aunque, al decir de al­gunos, son infundadas, pues los templarios demuestran ser, a lo largo de su historia, mayoritariamente un «grupo de fanáticos» incapaces de comprender determinados problemas teológicos en cuestiones de matiz espiritual.

Se bastan a sí mismos con la re­gla, en francés, pues muchos ni siquiera conocen el latín, cosa propia de la gente de armas del Medioevo y de la baja nobleza, que despreciaba la cultura y ve­neraba la espada, con el culto a Nuestra Señora, de la que tan devota es la orden por influencia benedictina y con sus misas pri­vadas. Lo que muchos historiadores no contemplan cuando se refie­ren a los templarios es que, de haber existido secreto alguno, una regla secreta y una ordendetrás de la orden, estos mis­terios no habrían obrado en co­nocimiento de muchos, sino de unos pocos: los iniciados. Se habla de cere­monias iniciáticas, de extrañas conductas. ¿Acaso no hay escalafones en todas las órdenes se­cretas? ¿No hay jerarquías en las cofradías francmasónicas y en las órdenes militares, en las compañías religiosas? La Orden puede perfectamente ocultar lo que deseen sus altos cargos, por­que es poderosa y se relaciona directamente con los poderosos de la Tierra. ¿Conocía el caballero, por más que asistiera éste de vez en cuando a ceremonias, los profundos motivos de la Orden para apoyar ora al emperador, ora al papa? ¿Sostienen a los cataros —como creen muchos— duran­te la cruzada de exterminio, mientras fingen fidelidad a la Iglesia? 

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