lunes, 16 de junio de 2014

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 6/15


Durante los siglos XII y XIII, el control de Tierra Santa osciló entre los cristianos y árabes. El ascenso de Saladino como supremo gobernante de los musulmanes proporcionó a los árabes su primer gran líder militar y el Jerusalén cristiano cayó finalmente en 1187. En el caos que siguió, los templarios confinaron sus actividades a San Juan de Acre, una ciudad fortificada de la costa mediterránea. Durante los siguientes cien años, languidecieron en Tierra Santa, pero florecieron en Europa, donde establecieron una extensa red de iglesias, abadías y haciendas. Cuando Acre cayó en 1291, la orden perdió tanto su último baluarte en Tierra Santa como el propósito de su existencia. Su rígida adhesión al secreto, que inicialmente la mantuvo aparte, con el tiempo alentó la calumnia. Felipe IV de Francia, en 1307, con un ojo puesto en las vastas riquezas templarías, arrestó a muchos de sus hermanos. Otros monarcas hicieron lo propio. Siguieron siete años de acusaciones y procesos. Clemente V disolvió formalmente la orden en 1312. El golpe final se produjo el 18 de marzo de 1314, cuando el último maestre, Jacques de Molay, fue quemado en la hoguera. Las tres religiones monoteís¬tas por antonomasia, judaísmo, cristianismo e islam, predican, en esencia, lo mismo: la salva¬ción del alma por medio de la fe y de las obras. La fe en un único Dios: para los cristianos, el Pa¬dre, del que procede el Hijo he¬cho hombre; para los judíos, Yahvé, que ha elegido y guiado al pueblo israelita, y para los musulmanes, Alá, el Misericor¬dioso, que ha inspirado a Ma¬homa las enseñanzas del Corán. Pero, por desgracia, estas tres religiones —o, al menos, la in¬terpretación que de ellas y de sus sagrados textos hacen sus sacerdotes y exegetas— son excluyentes, pese a su monoteísmo y a su creencia en un único Dios misericordioso, justo, sabio y omnipotente. Estas divergencias y la nece¬sidad política de aplicar criterios religiosos a actuaciones en el te¬rreno económico y sociopolítico provocaron durante siglos san¬grientas guerras de religión en las que ninguno de los tres cre¬dos renunciará a la violencia o a métodos expediti¬vos para predominar o abrirse camino frente a los otros dos.

Más allá de las medidas que en muchos países y en todas las épocas se tomaron contra los judíos (1306, expulsiones masivas en Francia; 1492. expulsión de¬finitiva de Castilla y Aragón), los enfrentamientos entre cristia¬nos y musulmanes provocaron serias crisis de identidad en numerosos pueblos, y en muchos lugares en los que existía una tradición tolerante y una convivencia pacífica de las tres re¬ligiones (Toledo, Zaragoza. Narbona) se asistió con horror a pogromos y autos de fe. La guerra empezaba a ser santa para los cristianos (bellum justum y bellum sacrum) y para los musul¬manes (yihad), y el conflicto bélico se apoyaba en premisas y expectativas que obedecían a motivaciones ya muy antiguas: conquista de nuevos territorios, expansión política sustentada en la expedición militar, sojuzgamiento de etnias extranjeras, sometimiento de credos no ortodoxos, apertura a nuevos mercados e intercambios comer¬ciales. El concepto islámico deyihad o el cristiano de «guerra santa» se remontan en todos los casos a la tradición más purista y hacen referencia a una actitud personal del individuo para consigo mismo. El creyente debe guerrear contra sí, contra su naturaleza inferior, para acceder a planos superiores de espiri¬tualidad y perfección. La acepción de este concepto que implica combate físico y fanatismo religioso no es propiamente espiritual, pues se fundamenta en una interpretación torcida y falaz de las Sagradas Escrituras. Aprobada oficialmente por la Iglesia católica en 1129, durante el Concilio de Troyes celebrado en la catedral de la misma ciudad, la Orden del Temple creció rápidamente en tamaño y poder. Los Caballeros Templarios empleaban como distintivo un manto blanco con una cruz roja dibujada. Los miembros de la Orden del Temple se encontraban entre las unidades militares mejor entrenadas que participaron en las Cruzadas. Los miembros no combatientes de la orden gestionaron una compleja estructura económica a lo largo del mundo cristiano, creando nuevas técnicas financieras que constituyen una forma primitiva de las modernas entidades financieras, y edificando una serie de fortificaciones por todo el Mediterráneo y Tierra Santa. Ninguna orden de caballería o de cariz religioso ha despertado a través de las épocas tanto interés ni ha provocado opiniones y ac¬titudes tan enconadas durante los dos escasos siglos que duró su existencia como laOrden de los Caballeros del Templo de Jerusalén, conocida como Orden del Temple. De origen y planteamientos misteriosos pese a sus conocidos estatutos, redactados por San Bernardo de Claraval en 1128, estu¬diosos, filósofos, teólogos y eruditos de la tradición oculta han in¬vestigado hasta la actualidad los fundamentos de esta orden de monjes-soldados, cuyos postulados, en apariencia eminentemente cristianos, conjugaban la vida monástica con su actividad guerrera. Creada la Orden con la finalidad de defender a los peregrinos que acudían a los Santos Lugares de Tierra Santa de todo asalto, vio¬lencia o robo —al igual que los hospitalarios—, la filosofía particular y las actividades en Jerusalén de los templarios alejaron a la orden de su fin primordial, guerrear contra el infiel, por lo que los ca¬balleros del Temple se convirtieron en aliados espirituales de sufíes, ashashins y otras sectas esotéricas islámicas, aunque sin apartarse del espíritu cristiano de fraternidad, pobreza, obediencia y ayuda a los necesitados. Esta actitud, que dio a muchos poderes fácticos de la época un motivo más en que fundamentar su repulsa y su alegato en contra de la Orden, acercó a los templarios a metas más tras¬cendentes que aquellas para las que, aparentemente, fueron creados y los condujo a la adquisición de una sabiduría y un conocimiento que sobrepasaría después, con mucho, las fronteras reducidas del ámbito geográfico que delimitaba su competencia. Un siglo más tarde los templarios poseían ya grandes territorios y numerosas encomiendas, no sólo en Tierra Santa, sino también y principalmente en Francia. España. Portugal e Inglaterra. Se trataba quizá de una experiencia política nunca llevada a la práctica en Europa: la hegemonía de la orden templaría que. como representación bicéfala de un poder político y una autoridad espiritual, se imponía en todo Occidente, borrando bajo el blanco manto de sus caballeros las diferencias sociales, religiosas y étnicas y unificando todos aquellos países en los que tenia predominancia.

Todo ello desde el interior de la infraestructura social, política, religiosa y económica. Una solapada tarea cuyos artífices no siempre se mostraron interesados por detentar el poder temporal o apoyarlo y no siempre estuvieron de acuerdo con la política ejercida por los titulares del papado o el imperio. Entre ellos se contaron monjes que educaron a príncipes; en sus filas militaron los más probados caballeros de la nobleza francesa, alemana, castellana o catalana, y hubo reyes, emperadores y papas que se vincularon secretamente a la orden o la protegieron sin reservas. Pero, entre todos los misterios que rodearon al Temple, el más actual es quizá la idea sinárquica del gobierno del mundo que per¬siguieron. Sus fundamentos se asentaron en las fuentes de las que, hasta entonces, habían bebido las religiones oficiales, es decir, en las creencias de las religiones mistéricas y en la tradición común al cristianismo primitivo, a los druidas y a los sufíes y gnósticos, entre otras sectas. La idea del mundo gobernado por una élite de hombres virtuosos y justos que no cayesen en las trampas que ofrece el poder político era ya muy antigua y había sido enunciada por epicúreos y estoicos, pero hasta entonces nunca se había intentado seriamente llevarla a la práctica. Quizá Alejandro Magno, Marco Aurelio u otros emperadores ro¬manos o estadistas —de uno u otro signo— de Occidente, en un momento dado de la historia, pretendieron dar cuerpo a un ideal. De sus buenas intenciones sólo quedó, confusa y vaga, una idea de escuálido im¬perialismo, sin otro motor que el deseo humano de hegemonía y poder ilimitado sobre un pueblo o varios, el dominio del territorio vecino, la superación de la frontera mediante la campaña militar o, en última instancia, la anexión pura y simple de otros Estados a una determinada Corona. Ésta fue, sin duda, la decadencia templaría. La constatación de que tampoco aquella orden creada con un fin universalista podría superar las trabas del interés político y del ansia de poder humanos. La tergiversación de los fundamentos ideológicos de la orden la puso en evidencia ante sus enemigos políticos y la acumulación de ri¬quezas y poder le creó temibles contrincantes. En 1307 comenzaron los encarcelamientos masivos de templarios en París; en 1312 el concilio de Vienne dictó su disolución; en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay murió en la hoguera, condenado por el Papa y ejecutado por el brazo secular del rey de Francia. Pero pese a la persecución de sus caballeros-monjes, la Orden continuó su soterrada labor mediante el concurso de otras cofradías u órdenes militares —Santiago, Calatrava, Alcántara, la portuguesa Orden de Cristo— y sus postulados pervivieron posteriormente. En los últimos siglos, diferentes logias, sectas y organizaciones de ca¬rácter místico-religioso reivindican para sí el derecho a llamarse continuadoras de la misión templaría. La idea cósmica de los caballeros jerosolimitanos del Templo de Salomón queda, pues, expresada ahí, en ese dramático y valeroso intento de los siglos XII y XIII, que permanece como iniciativa de tendencias colectivas que ya contempla la sociedad actual y cuyo embrión fue la Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Quizá el teórico fracaso de la misión templaría estriba en que sus planteamientos se adelantaron a su época, un tiempo en el que la humanidad no estaba todavía pre¬parada para comprender que el progreso auténtico de la sociedad mundial requiere del esfuerzo individual de las naciones para lograr un desarrollo colectivo.

El éxito de los templarios se encuentra estrechamente vinculado a las Cruzadas. La pérdida de Tierra Santa derivó en la desaparición de los apoyos de la Orden. Además, los rumores generados en torno a la secreta ceremonia de iniciación de los templarios crearon una gran desconfianza. Felipe IV de Francia, considerablemente endeudado con la Orden, comenzó a presionar al Papa Clemente V con el objeto de que éste tomara medidas contra sus integrantes. En 1307, un gran número de templarios fueron arrestados, inducidos a confesar bajo tortura y posteriormente quemados en la hoguera. En 1312, Clemente V cedió a las presiones de Felipe y disolvió la Orden. Su brusca erradicación dio lugar a especulaciones y leyendas que han mantenido vivo el nombre de los caballeros templarios hasta nuestros días. Controladas las invasiones musulmanas y vikingas, bien por vía militar o mediante asentamiento, comenzó en la Europa occidental una etapa expansiva. Se produjo un aumento de la producción agraria, íntimamente relacionado con el crecimiento de la población, y el comercio experimentó un nuevo renacer, al igual que las ciudades. La autoridad religiosa, matriz común en la Europa occidental y única visible en los siglos anteriores, había logrado introducir en el belicoso mundo medieval ideas como “La paz de Dios” o la “Tregua de Dios”, dirigiendo el ideal de caballería hacia la defensa de los débiles. No obstante, no rechazaba el uso de la fuerza para la defensa de la Iglesia. Ya el pontífice Juan VIII, a finales del siglo IX, había declarado que aquellos que murieran en el campo de batalla luchando contra el infiel, verían sus pecados perdonados, es más, se equipararían a los mártires por la fe. Existía, pues, un arraigado y exacerbado sentimiento religioso que se manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos, habituales en la época. Las tradicionales peregrinaciones a Roma fueron sustituidas paulatinamente a principios del siglo XI por Santiago de Compostela y Jerusalén. Estos nuevos destinos no estaban exentos de peligros, tales como salteadores de caminos o fuertes tributos de los señores locales. Pero el sentimiento religioso, unido a la espera de encontrar aventuras y fabulosas riquezas, arrastraron a muchos peregrinos, que al volver a sus hogares relataban sus penalidades.

El pontífice Urbano II, tras asegurar su posición al frente de la Iglesia, continuó con las reformas de su predecesor Gregorio VII. La petición de ayuda realizada por los bizantinos, junto con la caída de Jerusalén en manos turcas, propició que en el Concilio de Clermont (noviembre de 1095) Urbano II expusiera, ante una gran audiencia, los peligros que amenazaban a los cristianos occidentales y las vejaciones a las que se veían sometidos los peregrinos que acudían a Jerusalén. La expedición militar predicada por Urbano II pretendía también rescatar Jerusalén de manos musulmanas. Las recompensas espirituales prometidas, junto con el ansia de riquezas, hicieron que príncipes y señores respondiesen pronto al llamamiento del pontífice. La Europa cristiana se movió con un ideario común bajo el grito de “Dios lo quiere” (Deus vult), frase que encabeza el discurso del concilio de Clermont en que Urbano II convocó la I cruzada. La primera cruzada culminó con la conquista de Jerusalén en 1099 y con la constitución de principados latinos en la zona: los Condados de Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén, en donde Balduino I no tuvo inconveniente en asumir, ya en 1100, el título de rey. Apenas creado el reino de Jerusalén y elegido Balduino I como su segundo rey, tras la muerte de su hermano Godofredo de Bouillon, algunos de los caballeros que participaron en la Cruzada decidieron quedarse a defender los Santos Lugares y a los peregrinos cristianos que iban a ellos. Balduino I necesitaba organizar el reino y no podía dedicar muchos recursos a la protección de los caminos, porque no contaba con efectivos suficientes para hacerlo. Esto, y el hecho de que Hugo de Payens fuese pariente del Conde de Champagne (y probablemente pariente lejano del mismo Balduino), llevó al rey a conceder a esos caballeros un lugar donde reposar y mantener sus equipos, otorgándoles derechos y privilegios, entre los que se contaba un alojamiento en su propio palacio, que no era sino la Mezquita de Al-Aqsa, que se encontraba a la sazón incluida en lo que en su día había sido el recinto delTemplo de Salomón. Y cuando Balduino abandonó la mezquita y sus aledaños como palacio para fijar el trono en la Torre de David, todas las instalaciones pasaron, de hecho, a los Templarios, que de esta manera adquirieron no sólo su cuartel general, sino su nombre. Además de ello, el Rey Balduino se ocupó de escribir cartas a los reyes y príncipes más importantes de Europa a fin de que prestaran su ayuda a la recién nacida orden, que había sido bien recibida no sólo por el poder temporal, sino también por el eclesiástico, ya que fue el Patriarca de Jerusalén la primera autoridad de la Iglesia que la aprobó canónicamente. Nueve años después de la creación de la misma en Jerusalén, en 1128 se reunió el llamado Concilio de Troyes que se encargaría de redactar la regla para la recién nacida Orden de los Pobres Caballeros de Cristo. El concilio fue encabezado por el legado pontificio D’Albano y al mismo acudieron los obispos de Chartres, Reims, París, Sens, Soissons, Troyes, Orleans, Auxerre y demás casas eclesiásticas de Francia. Hubo también varios abades, como Etiene Harding, mentor de San Bernardo, el propio San Bernardo de Claraval, y laicos, como el Conde de Champagne y el Conde de Nevers. Hugo de Payens expuso ante la asamblea las necesidades de la orden, y se decidieron artículo por artículo hasta los más mínimos detalles de ésta, como podían ser desde los ayunos hasta la manera de llevar el peinado, pasando por rezos, oraciones e incluso armamento. Por lo tanto, la regla más antigua de la que se tiene noticia es la redactada en ese concilio. Escrita casi seguramente en latín, estaba basada hasta cierto punto en los hábitos y usos previos al concilio. Las modificaciones principales vinieron del hecho de que, hasta ese momento, los templarios estaban viviendo bajo la Regla de San Agustín y el concilio les cambió a la Regla Cisterciense (que no era más que la de San Benito modificada) y que era la que profesaba S. Bernardo. Fuente: http://oldcivilizations.wordpress.com

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